Teniendo un sublime contacto con la austera ensoñación, dormí con los ojos abiertos en un límite de 120 minutos. Mi cráneo con cerebro incluido causaba estragos en el país donde hasta el mayor caos es posible. Allí en el mar, donde los viajeros con sus pequeñas balsas alcanzan unas orillas u otras, profundicé yo con la única compañía de mi sombra. Sin balsa, sin ningún navío disponible me adentré en las frías y oscuras aguas que hasta el castillo me conducían. Completamente mojada andaba y andaba por el largo pasillo que hasta una inmensa puerta de oro llegaba. Una vez abierta la puerta, allí a lo lejos, en un gran trono, estaba sentado el dueño, aquel que poseía lo más preciado que podía tener un ser humano. ¿Me devuelves mi alma? Le pregunté con tono enfadado; él sonriéndome me dijo: La tienes dentro de tí, ¿aún no la has hallado?

LA NIÑA