Una vez llegué a pensar que escribía realmente bien cuando el corazón se paralizaba y la señora tristeza llamaba a mi puerta. Meses atrás desistí de este pensamiento cuando la felicidad se apoderó de mi vida y yo seguía escribiendo igual.

De nuevo llega ese pensamiento a mí, cuando las lágrimas inundan mis ojos, cuando el frío puñal atraviesa mi corazón, mis palabras salen casi disparadas de mi boca para ser plasmadas en un blanco papel o en una semitransparente pantalla.
Quisiera no saber contar, no saber expresarme porque eso querría decir que vivo en mi mundo de felicidad donde los momentos placenteros y sonrientes habitan más que los momentos solitarios y amargos.
(Dios da alas a quien no puede volar)
LA NIÑA